5 de mayo de 2019

El reloj y la geisha

Este camino
Nadie lo recorre,
Salvo el crespúsculo.

Matsuo Basho

Recostada sobre almohadones de suave raso, está Kiharu observando con amor, aquel reloj que mando a tallar Akiyama, para demostrarle el amor que sentía por ella.
El corazón se sofoca ante semejante belleza, la prestancia del mismo se lo da, la madera del cerezo. La brisa juega en la mente del ebanista, dibujando lo que piensa el otro artista, ambos logran que la obra viva hasta nuestros días.
El aroma me traslada a los jardines de Tokio, la floración del kasura son los colores y el símbolo del Japón, este festival se realiza desde el siglo VIII AC, hasta nuestros días.
Kiharu retrocede en el tiempo y nos lleva a los años cuarenta del siglo XX, ella está en su Karyukai junto a los sauces y cerezos en flor, confeccionando su Ikebana ella es una geisha. Cuando tenía seis años sus padres la entregan a Yumiko la dueña de dicha casa. Kioto es la ciudad de los templos y de las geishas ahí ella creció.
Era una niña muy asustadiza, de rasgo perfectos, dientes blancos y sanos. Con el tiempo logrará tener los conocimientos del arte, la filosofía, la historia, y la ciencia, será una enciclopedia viviente. Estas mujeres son las geishas, las que realizaran la ceremonia del té con quienes las invitan, generalmente son grandes personajes de la esfera política, del comercio, la cultura, teatro, y la ciencia, las otras son las que sirven el arroz las prostitutas, estas fueron arrojadas a la calle por sus propios familiares.
Akiyama era un hombre que estaba en la política de relaciones exteriores, esa noche un señor de anchas patillas, fino bigote y corpulento cuerpo le pregunta a Kiharu que le hable sobre las flotas japonesas, ella hace que no entiende el inglés y lo invita a beber el sake bajo el aroma de los cerezos. A la madrugada Akiyama le dice que tiene que irse por un largo tiempo, le pide que sea la guardiana de esa y otras confesiones, desapareciendo en la bruma del amanecer.
La guerra arrasa con fuerza, llevando todo lo que encuentra en su camino.  Se une a la cruz roja y esconde su pasado bajo otro nombre, en cada herido busca el rostro de él, recorre distintos frentes y sigue amando las flores del cerezo. La guerra llega a su fin después que esa bomba mata a tanta gente. Hace varios años que da clase a niños huérfanos, en una escuelita rodeada de sauces y cerezos.
 Una tarde, un Señor con un bastón y un sombrero que da sombra a su rostro, espera que los niños se marchen.
- Hola Kiharu, no te asustes, soy yo que vine a buscarte- dice él.
-Esa voz hace años que no lo escuchaba. - Comenta ella.
 De sus manos caen las hojas, tizas y demás cosas que
 ruedan por el piso y gruesas lágrimas de felicidad surcan sus mejillas.
 Él se acerca, y ayuda a levantar lo caído, susurrando su nombre le dice, mañana a la caída del sol pasaran a buscarla, espero verla con su mejor kimono, la madurez la ha transformado en una hermosa mujer.
Saca el polvo, que cubre las distintas cajas, prepara un Ikebana, para obsequiar al que la invita, en señal de agradecimiento.
Es una cena íntima, él le cuenta que su señora, había muerto enseguida de salir de Japón por una fuerte fiebre, y varias veces intentaron matarlo, pero siguió en el negocio de la política internacional, haciendo acuerdos económicos, incluidos aquellos que arrojaron esa mortal bomba en nuestra querida tierra, y tú siempre estuviste en mi mente junto a los cerezos. A la hora del té, manda a buscar una caja, y le pide con amor que la abra, encuentra envuelto en terciopelo rojo ese grandioso reloj suizo, que está encastrado en una madera de cerezo totalmente tallada, él se inclina y le pide que sea su esposa.

El reloj se coloca en la pared del Toconoma junto a los papiros y los Ikebana realizados por ella. Kiharu y Akiyama tienen bellas tardes y largas conversaciones recostados sobre almohadones frente al reloj, se sentía el tic tac que los unía cada día más, hasta que un día,
 paró el sonido del corazón de él. Sus cenizas están junto a esos dos viejos sauces y los cerezos que ella ama tanto.
 Tiene noventa años, su mirada está clavada en ese bello reloj, sus agujas se mueven lentas y su tic tac es tan fuerte como las bombas que tiraban los aviones, al ras del piso matando tanta gente inocente, ya no quiere levantarse los almohadones cada vez son más cómodos y suave. Hace llamar a Akemi y le pide que le haga compañía hasta que ella se marche de este mundo.
Una dulce melodía sale de sus labios, un ronquido la estremece, una sonrisa se dibuja en sus labios y una lagrima corre suave por esas mejillas color tiza.
      
Llueven Kasura
Cual lágrimas de pétalos,
Nostalgia rosa
Inundando el asfalto,
Y llora mi alma
Que el reencuentro quiere,
Melancolía
En acento pastel
Y sabor a cereza.

Poesías japonesas sin títulos y autor.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Tú sangre es tan roja como la mía

Los rayos del sol atraviesan las nubes transformándolas, en un gran abanico de múltiples colores. La flor de la nieve está en todo su esplen...