Este
camino
Nadie lo recorre,
Salvo el crespúsculo.
Matsuo Basho
Recostada sobre almohadones de suave raso, está Kiharu
observando con amor, aquel reloj que mando a tallar Akiyama, para demostrarle
el amor que sentía por ella.
El corazón se sofoca ante semejante belleza, la prestancia
del mismo se lo da, la madera del cerezo. La brisa juega en la mente del
ebanista, dibujando lo que piensa el otro artista, ambos logran que la obra
viva hasta nuestros días.
El aroma me traslada a los jardines de Tokio, la floración
del kasura son los colores y el símbolo del Japón, este festival se realiza
desde el siglo VIII AC, hasta nuestros días.
Kiharu retrocede en el tiempo y nos lleva a los años
cuarenta del siglo XX, ella está en su Karyukai junto a los sauces y cerezos en
flor, confeccionando su Ikebana ella es una geisha. Cuando tenía seis años sus
padres la entregan a Yumiko la dueña de dicha casa. Kioto es la ciudad de los
templos y de las geishas ahí ella creció.
Era una niña muy asustadiza, de rasgo perfectos, dientes
blancos y sanos. Con el tiempo logrará tener los conocimientos del arte, la
filosofía, la historia, y la ciencia, será una enciclopedia viviente. Estas
mujeres son las geishas, las que realizaran la ceremonia del té con quienes las
invitan, generalmente son grandes personajes de la esfera política, del
comercio, la cultura, teatro, y la ciencia, las otras son las que sirven el
arroz las prostitutas, estas fueron arrojadas a la calle por sus propios
familiares.
Akiyama era un hombre que estaba en la política de
relaciones exteriores, esa noche un señor de anchas patillas, fino bigote y
corpulento cuerpo le pregunta a Kiharu que le hable sobre las flotas japonesas,
ella hace que no entiende el inglés y lo invita a beber el sake bajo el aroma
de los cerezos. A la madrugada Akiyama le dice que tiene que irse por un largo
tiempo, le pide que sea la guardiana de esa y otras confesiones, desapareciendo
en la bruma del amanecer.
La guerra arrasa con fuerza, llevando todo lo que encuentra
en su camino. Se une a la cruz roja y
esconde su pasado bajo otro nombre, en cada herido busca el rostro de él,
recorre distintos frentes y sigue amando las flores del cerezo. La guerra llega
a su fin después que esa bomba mata a tanta gente. Hace varios años que da
clase a niños huérfanos, en una escuelita rodeada de sauces y cerezos.
Una tarde, un Señor
con un bastón y un sombrero que da sombra a su rostro, espera que los niños se
marchen.
- Hola Kiharu, no te asustes, soy yo que vine a buscarte- dice
él.
-Esa voz hace años que no lo escuchaba. - Comenta ella.
De sus manos caen
las hojas, tizas y demás cosas que
ruedan por el piso y gruesas lágrimas de felicidad surcan sus mejillas.
ruedan por el piso y gruesas lágrimas de felicidad surcan sus mejillas.
Él se acerca, y
ayuda a levantar lo caído, susurrando su nombre le dice, mañana a la caída del
sol pasaran a buscarla, espero verla con su mejor kimono, la madurez la ha
transformado en una hermosa mujer.
Saca el polvo, que cubre las distintas cajas, prepara un
Ikebana, para obsequiar al que la invita, en señal de agradecimiento.
Es una cena íntima, él le cuenta que su señora, había
muerto enseguida de salir de Japón por una fuerte fiebre, y varias veces
intentaron matarlo, pero siguió en el negocio de la política internacional,
haciendo acuerdos económicos, incluidos aquellos que arrojaron esa mortal bomba
en nuestra querida tierra, y tú siempre estuviste en mi mente junto a los
cerezos. A la hora del té, manda a buscar una caja, y le pide con amor que la abra,
encuentra envuelto en terciopelo rojo ese grandioso reloj suizo, que está
encastrado en una madera de cerezo totalmente tallada, él se inclina y le pide
que sea su esposa.
El reloj se coloca en la pared del Toconoma junto a los
papiros y los Ikebana realizados por ella. Kiharu y Akiyama tienen bellas
tardes y largas conversaciones recostados sobre almohadones frente al reloj, se
sentía el tic tac que los unía cada día más, hasta que un día,
paró el sonido del
corazón de él. Sus cenizas están junto a esos dos viejos sauces y los cerezos
que ella ama tanto.
Tiene noventa años,
su mirada está clavada en ese bello reloj, sus agujas se mueven lentas y su tic
tac es tan fuerte como las bombas que tiraban los aviones, al ras del piso
matando tanta gente inocente, ya no quiere levantarse los almohadones cada vez
son más cómodos y suave. Hace llamar a Akemi y le pide que le haga compañía hasta
que ella se marche de este mundo.
Una dulce melodía sale de sus labios, un ronquido la
estremece, una sonrisa se dibuja en sus labios y una lagrima corre suave por
esas mejillas color tiza.
Llueven
Kasura
Cual
lágrimas de pétalos,
Nostalgia
rosa
Inundando
el asfalto,
Y llora mi
alma
Que el
reencuentro quiere,
Melancolía
En acento
pastel
Y sabor a
cereza.
Poesías
japonesas sin títulos y autor.
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