5 de mayo de 2019

El útero de la tierra

Mis brazos se hunden en las entrañas gelatinosa de la tierra, sacando de su útero el cuerpo de mi madre, ella es una anciana, la abrazo con fuerza y mucho amor.
No te duermas Madre, ya lo hiciste durante mucho tiempo, te vienen a ver tu nieta y dos
de sus hijas, tenemos muchas cosas que hablar, acuérdate, que no te veo desde pequeña.
 Mis manos chorrean esa masa gelatinosa, que al principio no sabía lo que realmente era, hasta que vi a mi madre deslizándose en ella, intentando volver al útero de la tierra de donde la saque.
- ¡Madre, ¡Madre, no te vayas, quédate conmigo! Le grito con desesperación
La tomo en mis brazos, beso su frente fría, acaricio sus cabellos y mis lágrimas surcan mis mejillas, un grito se ahoga en mi garganta, mientras ella se introduce en el útero, cerrándose como una flor en tierra fértil.
- ¿Qué quiere decir todo esto, que fue lo que pasó, me gustaría saberlo? La mente nos
lleva por zonas oscuras, queriendo develar el misterio de la misma muerte, escondido en el inconsciente de nuestro mismo ser.
El sol se asoma con timidez a través del cortinado de mi cuarto, éste es amplio sus colores son cálidos como la misma cama, va ser un bello día pienso.
 La música de Mozart suena en el tocadiscos del vecino, la voz del informativista comenta que hallaron, los restos de dos desaparecidos de nuestra historia reciente.
Me dirijo al rincón más tranquilo de mi casa, tengo el mate pronto, tostadas y mermelada, éste está enfrente a un pequeño jardín que se llenan de pájaros, prendo la computadora para leer a Humberto Eco en cómo hacer una monografía, del rincón sale una voz que me dice.
- ¿me convidáis con un mate? – me pregunta aquella voz, que desde niña no escuchaba, observo el rincón, y él está vacío.
Son las nueve y treinta el tren pasa, a unas cuadras de donde estoy, el sol da de lleno en las montañas, una pareja de ancianos muestra preocupación por su nieto mayor, el inspector avisa que el vagón comedor se abrió, y el aroma a café te invita a beber uno.
Cuando bajo, una mezcla gelatinosa me llama la atención, un niño en una esquina me hace seña, me acerco y la figura va cambiando su aspecto, ya no es un niño, es un hombre con un delantal de cuero, me estira sus brazos y salgo corriendo, llegando a unas puertas de vidrio, del otro lado veo un cuadro, que es un gran hoyo en forma de útero en el desierto, un picaflor golpea con fuerza la puerta, mientras vuelan tres más, no puedo abrirla, de golpe ésta se abre saliendo una música suave de él, los picaflores se posan en mi cabeza quedando bien quietecillos.
La noche es cálida, las velas en la mesa te llevan a pensar que es una cita de amor y es todo lo contrario, es mi cena conmigo misma. El trabajo en la oficina fue cansador, pero más, fue recorrer las instalaciones del nuevo complejo deportivo, que no había visto en otro lugar y mucho menos junto a ese grupo de viviendas, lo ideo aquel hombre medio loco para la gente de un asentamiento, el departamento de arquitectura de mi empresa lo realizó, y mi deber era inaugurarla con sus dueños.
Empiezo a sentir frio, entro a la casa, la estufa está encendida, me sirvo un ponche, me siento junto a ella, la música de jazz suena suave en el recinto, el reloj marca las cero treinta, quedan todavía unos sorbos más en la copa, a través del ventanal pasa una estrella fugaz, la luna se asoma majestuosa haciéndome un guiño.
La escalera de mármol negro me lleva a mis habitaciones, me doy una ducha, me pongo mi pijama y me acuesto en forma fetal, pensando en el útero del mundo que se llevó a mi madre, cierro los ojos y me abrazo a ella.

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