No te duermas Madre, ya lo hiciste durante mucho
tiempo, te vienen a ver tu nieta y dos
de sus hijas, tenemos muchas cosas que hablar,
acuérdate, que no te veo desde pequeña.
Mis manos chorrean
esa masa gelatinosa, que al principio no sabía lo que realmente era, hasta que
vi a mi madre deslizándose en ella, intentando volver al útero de la tierra de
donde la saque.
- ¡Madre, ¡Madre, no te vayas, quédate conmigo! Le
grito con desesperación
La tomo en mis brazos, beso su frente fría, acaricio
sus cabellos y mis lágrimas surcan mis mejillas, un grito se ahoga en mi
garganta, mientras ella se introduce en el útero, cerrándose como una flor en
tierra fértil.
- ¿Qué quiere decir todo esto, que fue lo que pasó, me
gustaría saberlo? La mente nos
lleva por zonas oscuras, queriendo develar el misterio
de la misma muerte, escondido en el inconsciente de nuestro mismo ser.
El sol se asoma con timidez a través del cortinado de
mi cuarto, éste es amplio sus colores son cálidos como la misma cama, va ser un
bello día pienso.
La música de
Mozart suena en el tocadiscos del vecino, la voz del informativista comenta que
hallaron, los restos de dos desaparecidos de nuestra historia reciente.
Me dirijo al rincón más tranquilo de mi casa, tengo el
mate pronto, tostadas y mermelada, éste está enfrente a un pequeño jardín que
se llenan de pájaros, prendo la computadora para leer a Humberto Eco en cómo hacer
una monografía, del rincón sale una voz que me dice.
- ¿me convidáis con un mate? – me pregunta aquella voz,
que desde niña no escuchaba, observo el rincón, y él está vacío.
Son las nueve y treinta el tren pasa, a unas cuadras
de donde estoy, el sol da de lleno en las montañas, una pareja de ancianos
muestra preocupación por su nieto mayor, el inspector avisa que el vagón
comedor se abrió, y el aroma a café te invita a beber uno.
Cuando bajo, una mezcla gelatinosa me llama la
atención, un niño en una esquina me hace seña, me acerco y la figura va cambiando
su aspecto, ya no es un niño, es un hombre con un delantal de cuero, me estira
sus brazos y salgo corriendo, llegando a unas puertas de vidrio, del otro lado
veo un cuadro, que es un gran hoyo en forma de útero en el desierto, un
picaflor golpea con fuerza la puerta, mientras vuelan tres más, no puedo abrirla,
de golpe ésta se abre saliendo una música suave de él, los picaflores se posan
en mi cabeza quedando bien quietecillos.
La noche es cálida, las velas en la mesa te llevan a
pensar que es una cita de amor y es todo lo contrario, es mi cena conmigo misma.
El trabajo en la oficina fue cansador, pero más, fue recorrer las instalaciones
del nuevo complejo deportivo, que no había visto en otro lugar y mucho menos junto
a ese grupo de viviendas, lo ideo aquel hombre medio loco para la gente de un
asentamiento, el departamento de arquitectura de mi empresa lo realizó, y mi
deber era inaugurarla con sus dueños.
Empiezo a sentir frio, entro a la casa, la estufa está
encendida, me sirvo un ponche, me siento junto a ella, la música de jazz suena
suave en el recinto, el reloj marca las cero treinta, quedan todavía unos
sorbos más en la copa, a través del ventanal pasa una estrella fugaz, la luna
se asoma majestuosa haciéndome un guiño.
La escalera de mármol negro me lleva a mis
habitaciones, me doy una ducha, me pongo mi pijama y me acuesto en forma fetal,
pensando en el útero del mundo que se llevó a mi madre, cierro los ojos y me
abrazo a ella.
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