Dorotty, la médica bruja.
Sentada en unos de los bancos de la terminal de ómnibus, veo los brazos gigantescos de las grúas del puerto, sus patas delanteras se asemejan a langostas que van llegando desde aquel mundo de los monstruos. Los contenedores se mueven con elegancia, como si fueran plumas de cisnes, mientras se bambolean al ritmo del alta mar.
A lo lejos se escuchan voces de protestas, ¿de qué? no sé,
solo protestan.
La neblina cae
despacio, ella, no tiene prisa, todo es lento hasta la misma respiración. Las
estrellas se esconden detrás de aquel mástil blanco como el bastón de un ciego.
Mientras el reloj de la terminal de ómnibus marca las 22,17. Los pasajeros se acercan
a tomar su bus, desde la ventanilla se ven los brazos gigantescos, que se
mueven con elegancia, al compás de una música cadenciosa. En el otro anden, un
señor mayor toma la mano, de su joven mujer de ochenta años, los más jóvenes,
se apuran a tomar el último bus de la noche, para descansar unas horas y
retomar sus tareas a la mañana siguiente.
El agua tiene ese murmullo quejumbroso, mientras las olas
lamen los cascos de las embarcaciones, que están sumergidas en esas aguas frías
y saladas, un silbido agudo contesta a otro más quedo, la sirena de una
embarcación anuncia que está a punto de zarpar.
Mientras Júpiter y Zeus observan, como la neblina va
cayendo lenta en ese puerto de la ciudad.
¿qué buscaran los dioses aquí?
Los barcos pesqueros levantan sus redes y tiran sobre el
pavimento húmedo grandes cajas con el fruto del mar.
Los camiones se
preparan para llevar los contenedores, a distintas familias del país.
Juan Pedro es un joven chófer, que viene del interior,
tiene un niño de tres años y una beba que viene en camino. En el trabajo le
quedan cosas para hacer, luego se tomará un mes de vacaciones, para disfrutar
con su familia y ver nacer a su pequeña, todavía no han elegido su nombre.
La neblina se espesa como cortina de humo, el frío cala los
huesos, la ropa se humedece. A cincuenta metros está la cabina telefónica y, el
teléfono no para de sonar. Las patas de aquel monstruo siguen firmes en sus
tareas, la noche se hace lenta como el andar de los estibadores, las luces se
mueven como fantasma en ése 31 de octubre. Unos veteranos que están en un
rincón mascando tabaco y jugando a las cartas, nos recuerda que estamos en la
noche de Brujas.
Juan Pedro está muy cansado, hace horas que está trabajando
tiene hambre y frio, y decide ir hasta la taberna del puerto a tomar algo
caliente y esperar que llegue la mañana, ya, que con esta neblina no puede
salir a trabajar.
La taberna está llena, el humo es tan denso como la misma
neblina de afuera, las mujeres juegan con los fuertes torsos de los estibadores,
mientras ellos buscan algo escondido entre sus piernas.
-Oye camionero, ven a sentarte junto a mí, le dice un viejo
mendigo, que está en un rincón de la taberna del puerto.
Juan Pedro se acerca lo mira y se dice para sí.
- ¡que bella sonrisa y cara tiene!, este hombre no es un
mendigo, -piensa Juan Pedro.
El frío es más agudo, la neblina empuja con fuerza la
puerta para entrar, una igual del interior no se lo permite.
- ¡ven, apúrate! ella te está siguiendo, tú tiene algo que
a ella le interesa, por eso viene a buscarte, dime
-¿tú, tienes mujer? Pregunta el viejo mendigo.
-sí, está embarazada y espera a una niña.
Juan Pedro pide comida para ambos, un jarro de café bien
caliente y una botella de vino, mientras el mendigo le cuenta una antigua historia.
- Dorotty es una joven doctora, con sus medicinas nuevas
desea salvar a muchas vidas, el tema es que los pacientes por temor no la
tomaban y morían. Una noche yendo por un camino, siente un quejido pidiendo ayuda,
es una joven mujer que está a punto de parir.
La luna cubría el
cielo, mientras la mujer hacia fuerzas, y ésta se teñía de sangre, los dolores
aumentan la luna llega al cenit, en ese exacto momento nace una bella niña, las
tinieblas de la muerte cubren a la madre y la niña desaparece, todo eso sucedió
en la edad media, a Dorotty la tratan de bruja y la queman en la hoguera.
Juan Pedro le dice al viejo mendigo.
-sí, pero todo eso es una leyenda, y… ¿qué tiene que ver conmigo?
- pregunta Juan Pedro.
Siguen conversando, la comida es sustanciosa y
el cansancio es grande, las horas son lentas, algunos quejidos en los rincones
se escuchan, de esa pasión que durara sólo ese momento, en el embarque de una noche
de brujas.
Juan Pedro le
pregunta a su mujer que le pasa, el dolor cambia su cara, las horas pasan, la
neblina se espesa y las contracciones se hacen insoportables, Juan Pedro sale a
la calle pidiendo auxilio para su querida mujer.
Una anciana pasa en ese momento, escucha gritos y pregunta
-¡Señor, Señor! ¿puedo ayudarlo? -dice la bella mujer.
-Mi señora está con dolores muy fuerte de parto y no sé qué
hacer –contesta Juan Pedro.
-Llévame, yo la voy atender, caliente agua, traiga toallas
y déjenos tranquila, ¡vamos, hombre! que ya viene la criatura.
Un frió de muerte penetra en la casa, la mujer pide que
cierre todo, - no habrá si escucha golpes, -dice ella.
Cuando asoman las primeras luces del amanecer se escucha el
llanto tenue de su niña, tomando más fuerza cada vez que pasan los minutos,
ella sale sonriendo y dice
-Es una bella niña, están bien las dos, pase a verlas.
Su rostro es suave, sonrosado, de ojos negros y una gran
melena roja, su sonrisa es amplia y su dentadura blanca y pareja.
-Me llamo Dorotty, soy médico y vengo a trabajar al
hospital de la otra cuadra.
¿y la anciana en dónde está? – le pregunta él.
- ¡Juan Pedro, ¡Juan, ya amaneció!, -le grita el tabernero,
es una hermosa mañana, y la Pedro, despierta neblina se fue.
Él, le dice al viejo
mendigo,
-Se llamará Dorotty, en honor a ella, - le dice él, -dele
las gracias a los dioses cuando vayas al olimpo, en mi nombre, haciéndole una
guiñada.,
Juan pedro se va alegre cantando una balada de Silvio
Rodriguez, su mirada es de felicidad.
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