5 de mayo de 2019

Hojas de otoño


Hojas de otoño

Aquellas hojas siguen suspendidas en las ramas como lágrimas de rocío, ellas se transforman en perlas en los ojos de esa niña, entre sus ramas está la casa del hornero, y en el claro que dejan sus hojas, veo pasar el avión que va mi amigo, a encontrarse con su amada.
- ¿que hizo ella para conquistarlo y robar su corazón.? - me pregunto y no encuentro la respuesta.
Sentada frente al ventanal junto a mi taza de té, observo a las golondrinas cruzar el cielo en busca de climas más cálido, tres generaciones pasan frente a mi casa, sus voces y risas parecen cántaros en un manantial.
En aquella esquina veo una sombra deslizarse con rapidez, su figura me resulta conocida, una alfombra de hojas rechina bajo la pisada de los caminantes, unos niños guardan hojas entre sus cuadernos para jugar con ellas, aquella jovencita la coloca en su libro de poesías, pero ésta tiene que representar bien el otoño con su color ocre, otros aran un collage junto a sus fotografías, mientras la sombra sigue veloz a la casa abandonada, me apuro y era yo la que entraba a la casa de mis abuelos.
 Siento alejarse aquellos pasos hacia un futuro que ninguno de los dos tiene idea que puede suceder, las hojas de los árboles del campo santo es como la del jardín de mi casa.
Tomo una hoja del jardín y salgo despacio rumbo a ese camino, la tarde es propicia para esa caminata, la naturaleza me muestra sus pinceladas gruesas con relieve en fino rojizo, el ocre es su base primordial del cual me obliga a mirar mi recorrido, una hoja vuela enganchada en ese hilo de telaraña suspendida en ella, como recuerdo de aquella primavera que ha quedado muy atrás, veo tus manos chiquitas llena de caramelos, te reías feliz porque íbamos en busca de tu bicicleta, como han pasado los años, hoy veo retozar felices  a tus hijos en el fundo de la casa, mientras las hojas forman una alfombra en la vereda.
Mis pasos siguen lentos hasta la playa, observo las tranquilas aguas del mar, me siento en unas de las rocas a ver él gran espectáculo que la naturaleza nos regala, el comienza abrir sus fauces para devorarse al sol, luego escupir y volvérselo a tragar sin ninguna compasión. Desde algún lugar se escucha rapsodia en azul, mientras el cielo se tiñe de un rosado fuerte, se entrelazan los tonos de naranja y rojos con pinceladas de ocre, por último, todo queda en tinieblas un instante, las estrellas se asoman y yo sigo mi camino, todavía hay algún stand de artesanías, de comidas al paso, y varios cambalaches más.
En un bodegón una vitrola vieja suelta las melodías de un jazz, en la trompeta y la voz de Louis Armstrong entonando what a wonderful Word, más adelante unos músicos preparan sus instrumentos, violas, bajo y bandoneon, un hombre se arregla el chambergo y la dama observa el tajo de su falda, mientras otro va en busca del micrófono en los primeros acordes del último café, veo una mesa vacía me siento y pido una copa de vino, su sabor es añejo, trae el calor del sol de París y el murmullo del Sena, cierro los ojos escucho la voz varonil y otra que me dice
- ¿Puedo sentarme?
Es un viejo amigo y le contesto
-Claro que sí, siéntate.
Cenamos, nos contamos muchas cosas, el quedo viudo y llora su ausencia, le hablo de mis hijos, de política y muchas cosas más, los bailarines realizan piruetas como las hojas de otoño que está en la puerta de mi casa, las cortinas del ventanal se mueven con gracia, el claro de la luna da de lleno sobre la cama como una mortaja fría, una estrella fugas pasa y el cansancio me agobia, los grabados de las sabanas son hojas de otoño, me acurruco en ella y me duermo.

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