Hojas de otoño
Aquellas hojas siguen suspendidas en las ramas como
lágrimas de rocío, ellas se transforman en perlas en los ojos de esa niña,
entre sus ramas está la casa del hornero, y en el claro que dejan sus hojas, veo
pasar el avión que va mi amigo, a encontrarse con su amada.
- ¿que hizo ella para conquistarlo y robar su corazón.?
- me pregunto y no encuentro la respuesta.
Sentada frente al ventanal junto a mi taza de té, observo
a las golondrinas cruzar el cielo en busca de climas más cálido, tres
generaciones pasan frente a mi casa, sus voces y risas parecen cántaros en un
manantial.
En aquella esquina veo una sombra deslizarse con
rapidez, su figura me resulta conocida, una alfombra de hojas rechina bajo la pisada
de los caminantes, unos niños guardan hojas entre sus cuadernos para jugar con
ellas, aquella jovencita la coloca en su libro de poesías, pero ésta tiene que
representar bien el otoño con su color ocre, otros aran un collage junto a sus fotografías,
mientras la sombra sigue veloz a la casa abandonada, me apuro y era yo la que
entraba a la casa de mis abuelos.
Siento alejarse
aquellos pasos hacia un futuro que ninguno de los dos tiene idea que puede
suceder, las hojas de los árboles del campo santo es como la del jardín de mi
casa.
Tomo una hoja del jardín y salgo despacio rumbo a ese
camino, la tarde es propicia para esa caminata, la naturaleza me muestra sus
pinceladas gruesas con relieve en fino rojizo, el ocre es su base primordial del
cual me obliga a mirar mi recorrido, una hoja vuela enganchada en ese hilo de
telaraña suspendida en ella, como recuerdo de aquella primavera que ha quedado
muy atrás, veo tus manos chiquitas llena de caramelos, te reías feliz porque
íbamos en busca de tu bicicleta, como han pasado los años, hoy veo retozar felices a tus hijos en el fundo de la casa, mientras
las hojas forman una alfombra en la vereda.
Mis pasos siguen lentos hasta la playa, observo las
tranquilas aguas del mar, me siento en unas de las rocas a ver él gran
espectáculo que la naturaleza nos regala, el comienza abrir sus fauces para
devorarse al sol, luego escupir y volvérselo a tragar sin ninguna compasión. Desde
algún lugar se escucha rapsodia en azul, mientras el cielo se tiñe de un rosado
fuerte, se entrelazan los tonos de naranja y rojos con pinceladas de ocre, por último,
todo queda en tinieblas un instante, las estrellas se asoman y yo sigo mi
camino, todavía hay algún stand de artesanías, de comidas al paso, y varios
cambalaches más.
En un bodegón una vitrola vieja suelta las melodías de
un jazz, en la trompeta y la voz de Louis Armstrong entonando what a wonderful
Word, más adelante unos músicos preparan sus instrumentos, violas, bajo y bandoneon,
un hombre se arregla el chambergo y la dama observa el tajo de su falda,
mientras otro va en busca del micrófono en los primeros acordes del último
café, veo una mesa vacía me siento y pido una copa de vino, su sabor es añejo,
trae el calor del sol de París y el murmullo del Sena, cierro los ojos escucho
la voz varonil y otra que me dice
- ¿Puedo sentarme?
Es un viejo amigo y le contesto
-Claro que sí, siéntate.
Cenamos, nos contamos muchas cosas, el quedo viudo y
llora su ausencia, le hablo de mis hijos, de política y muchas cosas más, los
bailarines realizan piruetas como las hojas de otoño que está en la puerta de
mi casa, las cortinas del ventanal se mueven con gracia, el claro de la luna da
de lleno sobre la cama como una mortaja fría, una estrella fugas pasa y el
cansancio me agobia, los grabados de las sabanas son hojas de otoño, me
acurruco en ella y me duermo.
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