En las noches claras, se escuchan lamentos y flagelaciones,
por no querer besar el madero de la cruz, como sucedía en la Edad Media, por
mandato de Obispos y Cardenales, todo esto sucedía del otro lado del lago.
Al amanecer se escuchaba estas palabras. In nomime Patri,
et filie, et spiritus santi amén, el humo del incienso es pesado, las cuentas
del rosario corren apresuradas entre esos delgados dedos.
El cielo rosado se refleja en el lago, mostrando el contraste
de su fauna en él, los sauces llorones mojan sus largas melenas, dejando que la
brisa lo acomode.
Los salmos se entremezclan con los cantos de los ruiseñores
y el zumbido de las abejas, el sol aparece con todo su esplendor, mientras la
embarcación sigue rauda, hacia la cabaña de la Maestra de piano.
Azotes, llantos de dolor, junto a esas palabras que dicen,
In nomine Patri…dejándonos petrificados ante aquellos dedos largos y grises de
raquíticos árboles, aclamándole al dios que dejen en paz a esa pobre gente
detrás de ese coro de letanías.
La brisa es suave, rosa mis mejillas como alas de
querubines, dejando en su paso el olor a los azahares mezclándose con el néctar
de la flor, la naturaleza se hace escuchar con todo su esplendor, gaviotas y
garzas chapotean en el lago, las hojas se bambolean al ritmo de una sinfonía,
las aves guardan silencio. De golpe, la gran explosión, todos cantan bajo un
mismo ritmo de esa música invisible, que solo las mariposas la pueden ver,
jugar y bailar en ellas.
El artista no sabe qué hacer con tanta belleza, solo se
queda quieto, observando cada instante y grabándola en su retina y conservándola
en su mente, la bóveda celeste se hace más refulgente, el llanto de una mujer
joven se escucha allá en la lontananza junto a un Ave María.
El joven escritor camina en la amplia sala, observa lo que
pasa en el exterior, su libro va llegando a su fin, sin encuentra las palabras
adecuadas para él mismo final, hace sonar la campanilla.
- ¿Qué se le ofrece al Señor? - Pregunta un Señor mayor.
- ¿Pablo puedes traerme café? Estoy muy aturdido y no
encuentro las palabras, dice el joven Tomás.
Al poco tiempo Pablo, viene con la bandeja colmada de
manjares, una cafetera humeante, que deja el exquisito aroma en toda la sala,
la leche es recién ordeñada, detrás le sigue la risa argentina de su querido
amigo el pintor.
Entre bocados y sorbos la conversación se hace fluida, las
risas de los jóvenes alegran la mañana, que hace tiempo no se escucha en la
casona, luego de aquel incidente que no puedo contar, piensa Pablo.
Tomás tiene que viajar a la ciudad y quiere ir con Pablo y
su amigo el pintor, en ese momento una gran estampida los sobre salta como a
las aves del lago.
- ¿Qué fue eso Pablo? –pregunta Tomás.
- Viene de la cabaña de la Maestra de piano, - contesta.
La maestra es una joven de dieciocho años muy delgada, sus
cabellos se asemejan a los sauces, sus ojos son del color café, trabaja mucho
para poder darle de comer a sus padres, que son mayores y están enfermos.
Un coro de voces canta él Te Deum y las flagelaciones
siguen detrás del Ave María.
Los árboles se inclinan ante el ataúd de un alma virgen,
las garzas son su cortejo y las demás aves son el coro que acompañan a la
Maestra de música, que aquel hombre la mató porque no quiso ser suya, las
monjas tiran flores al lago, mientras cantan el Ave María y los curas llevan
los inciensos diciendo In nomine Patri, et Filie, et Spititus Santi Amén.
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