Avanzan
las sombras a pasos agigantados, devorando las penumbras y dejando paso, a la
reina de la noche. Los nubarrones negros que dominan el día, ella con su blanca
belleza los opaca, aparece la cruz del sur, la constelación del navío,
donde la alfa beta muestra su majestuosidad.
La
luz de la luna inunda la caverna, aroma de jazmín y rosas, humedecidas por el
rocío. Se escucha
el roce de esos piececitos, como
canción de cuna, en el piso frio.
Aparecen
dos figuras, una muy pequeña tomada de las manos
grandes y fuertes, que muestran la magnitud del amor.
La brisa pasa rauda, fresca, rasante, dejando ese olor ocre de sangre fresca. La luz deja ver dos grandes piedras.
La
noche es fría. La helada cae lenta sobre las
carpas. Miles de estrellas se escapan de la gran fogata. Se oye el llanto de una guitarra en su
despertar de cuerdas. Se asoma desde la orilla
del caudaloso río más de cien briosos caballos, jóvenes
indios con sus cabelleras sueltas, las mujeres las recogen con zarzamora
as.
Sus voces se asemejan a una colmena.
Vienen
a buscarme, eso creo.
La
fiebre golpea fuertemente mis sienes, mi cuerpo arde como el carbón en llama. Brazos y pierna se mueven como veletas; las
voces se confunden con el olor, los sabores son
extraños. Las imágenes van y vienen, se mezcla
el olor ocre con la del jazmín y rosas.
Es una hermosa pareja de indios, él es más
fuerte, cabeza cuadrada, ojos almendrados color miel, es alto como la montaña,
su voz fuerte y firme como la centella que atraviesa la piedra, cuando se
entera de una injusticia.
Lo
llaman Ojos de fuego.
Ella
es menuda de dedos delgados, largos y finos, su cabellera como la del sauce
llorón, su piel cetrina, pies chiquitos e inquietos, sus ojos grandes, del
color del tordo. En otro momento, aparece una gran multitud, que canta y se
mueve lento, sus pies desnudos golpean el suelo frio de la noche. Un chamal cocina sus conjuros en una gigantesca olla.
En
casa todos están asustados, porque mamá llega con el médico él
dice: —la pobrecita sufre por amor.
—¿Qué
dice Doctor? —pregunta mi madre.
—No
dije nada Señora—contesta él.
Era
bajito regordete, con unos grandes cachetes rojos, ojos pequeños, tres pelos
locos que se los peina a un costado. Su mirada es dulce y soñadora, toma mi mano delgada y blanca, observa las uñas luego llama a la cocinera y en voz baja le dice lo que tiene que traer.
Caigo
en un gran vacío, me da placer flotar, como hoja que mece el viento, siento
voces y alguien que dice:
—Trague, trague.
No quiero, solo deseo caer ¿porque no me entienden? quiero ir cayendo
y ver qué pasa
Sigo en
ese delirio por veinte días.
Las
neblinas se despejan lentamente, dejan ver un cielo claro con algunas nubes
rojizas donde un gran disco de oro parecía decir: ¡aquí estoy!
Mis manos se mueven desperezándose lentamente´
—¡Mamá,
mamá! ¿por qué no me llamaste? Voy a llegar
tarde al trabajo.
Pasaron
los meses y una tarde cuando salía de la oficina,
un pedazo de papel que golpea mi cara decía con letras grandes y negras. ¨La cueva del amor, o cueva del dragón, ven a visitarnos”. Tomé la hoja y la guardé en el bolsillo del uniforme.
Ella es la hija del cacique Alas al viento. Él, es
el hijo de un anciano que está en reyerta continua con el hechicero de la otra
tribu.
En
otros tiempos Pies veloz, traía todo tipo de yerbas, ungüentos, pieles, plumas,
productos del mar, nidos de las altas montañas, un día resbaló de sus manos la perla
de nieve, una extraña flor que
nace cada quince años y crece en la parte más
agreste y alto del pico de la montaña. Él
necesitaba hacer una poción de amor para enamorar a la hija del cacique con su
hijo.
Ojos
Dorados juega en los abismos, se refugia en las cavernas que están al pie de
las montañas, junto al caudaloso río, observa las estrellas hasta ver aparecer
el disco dorado, mientras el de plata se va opacando. Pasa
temporadas largas cazando, pescando, recolectando distintos frutos de la naturaleza.
Rocío
del Amanecer aprende los quehaceres de la tribu, a seleccionar las plumas,
preparar las delicias para las ofrendas, hacer las trenzas de su caballo. Sus manos son ágiles
preparando los adornos para su padre y ancianos. Entre conchas, hilos
vegetales, piedras y plumas, así transcurre su vida, entre árboles, montañas y ríos, es ella un tesoro de la naturaleza.
María
Eugenia llega a la oficina, vacía sus bolsillos, prende la computadora,
selecciona la correspondencia. Encuentra una
invitación a Quilapayú a la caverna del Dragón. Junto
con la nota de la mañana, en su mente aquellas imágenes vuelven aparecer, mira
sus manos, las ve dobles, una es chiquita y cetrina,
la otra delgada y blanca.
Suena el teléfono.
-¿Hola?
Sí, me enteré, es en Valparaíso, gracias.
Ojos
Dorados queda atrapado entre el abismo de sus
pensamientos, como muchos de los jóvenes que lucen radiantes.
En
el valle se prepara la fiesta de la luna de abril.
Son
las ofrendas, para la Dama de la noche, en agradecimientos, comienzan a preparar
el vientre de una joven virgen y los órganos reproductores de un casto hombre,
si la ofrenda no se hace, Ella se llevará a un recién nacido, para que muera de pena su madre.
Rocío
del Amanecer y Ojos Dorados son los elegidos, se les dan los manjares que están
recubiertos de hongos, llevándolos a un mundo irreal.
Los
días pasan y los preparativos comienzan, no sé a dónde vamos, mi cuerpo siente
la metamorfosis, cada día me confundo más.
La
empresa nos regala los pasajes y estadía, lo sabremos en el aeropuerto, mi
equipaje consiste un bolso liviano de mano, mi maleta la deje en la oficina.
Me
invade la serenidad del lugar, observo como las olas golpean en la arena blanca
(con ritmo de cuna.
—¿Cómo llegue aquí, al pie de esta gran cueva? —me pregunto.
Mis
piernas se bambolean, caigo en un sopor, veo cosas extrañas, danzas, olor a sangre
mezclada con jazmín y rosas, no puedo
moverme caigo y caigo lentamente en ese sueño profundo.
La
luz hiere mis ojos, camino sobre la tierra fría, agacho la cabeza y veo unos
pies chicos color cetrino, doy vuelta, diviso mi cuerpo en aquella piel
blanca, tirado sobre la arena, soy libre, sonrío, mi mano la lleva con amor
otra más grande;
nuestros cuerpos fueron piedras, pero la luz de la luna les devolvió la vida luego de dos siglos de sacrificios.
Ella tuvo su hijo, lo presenta cada cuarto
creciente, para que el mundo lo venere, cada vez que lo acuna.
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