6 de mayo de 2019

El gobelino y Evangelina


Es una tarde fría de diciembre. Evangelina está perdida en ese gran armario de roble, buscando aquella tela para hacer él gobelino. El gato juega con los ovillos de las lanas, que fue seleccionado para el mismo. En aquel pequeño y acogedor rincón del living se encuentran los diseños, como lo hizo el gran maestro Picasso con su Garnica.
-¡Por fin la encontré!,-dice Evangelina, secándose el sudor de la frente a pesar del frío de ese invierno crudo de diciembre, mira la pared al frente del ventanal  debe medir unos diez metros de frente por seis de alto, el gobelino podría medir…
- ¡Pelusa, deja esas lanas y ven aquí! – le dice Evangelina con su dulce voz.
- si, creo que seis de largo por dos y medio de alto va estar bien. Se verá el océano, el monte y las eternas montañas.
Desde la amplia playa veo aquella cabaña de dos plantas y en ella la nobleza de su madera de ciento cincuenta años. Mi embarcación queda enclavada en los arrecifes a pocos metros de la bahía. Un fino hilo de humo se dibuja en el cielo, saliendo un esquisto olor a té, abriendo el apetito de este viejo vikingo. Deseo conocer a esas personas y probar sus scones, luego preparar mi pipa y sentarme frente a la chimenea, dibujándose una amplia sonrisa en esa cara bonachona.
 Atrás de la cabaña se encuentra un monte de cipreses, pinos y eucaliptos, unos pasos más allá las altas montañas que le hacen cosquillas en la panza de las nubes.
El lugar se encuentra en Canadá, es un valle de grandes misterios, de animales sagrados por los indígenas, que dejaron estampadas en las cuevas con colores brillantes, al Dios Cuervo enamorado de la jefa de la tribu, más adelantes ve ballenas que cantan, lobos, cascadas secretas, tierras de ensueños.
Sus playas son besadas por las aguas frías del Pacífico, el lugar lleva el nombre del Valle perdido de Bella Coola que pertenece a las Islas Británicas y su reino.
-¡Evangelina, Evangelina! ¿por dónde andas criatura? -pregunta Catherine su abuela. Ella es alta, blanca como la nieve, ojos verdes como el Pacífico, todavía conserva el oro en sus cabellos, se asemeja a una fábula ancestral, con su música inmortal y torres de añoranzas como en los cuentos de hadas.
-Abuela estoy en la salita frente a la estufa, viendo como comienzo el gobelino, golpean con insistencia en la puerta, sacándolas de su conversación.
- ya voy, - dice Catherine bajando las escaleras con gracia y elegancia, abre y se encuentra con un hombre un poco mayor que ella, alto, su piel dorada, su cabello rojo como lenguas de fuego, su cara está repleta de pecas, sus ojos son celeste transparente.
- Buenas tardes bella dama, soy Daven, mi barco encalló y necesito un lugar donde estar.
- Soy Catherine y tenemos aposentos, pase, justo es la hora del té.
Ya en la salita Catherine le pregunta a Evangelina. - ¿Qué pretende hacer en el gobelino?
-Plasmar la historia del valle y de nuestra familia. - dice ella y sus ojos se iluminan.
El invierno pasa con sus tormentas, los cuentos interminables de Daven, sus salidas con Catherine por la orilla de la playa hasta que un día se los ve tomados de las manos. Por las noches se escuchan movimientos en la salita, cantos de cuervos, el silbido agudo de las ballenas, el aullido del lobo preguntándole aquella blanca y fría luna, porque se la llevó dejando a su cachorro solo.
El gobelino va tomando vida, las historias ya están. En el puente la dama se sienta con su sombrilla y a su lado, Él, fuma de su pipa, la campesina da de comer a los animales de la chacra cercana, se ve el parque de diversiones, los niños llevan sus globos, en aquel árbol frondoso descansa un pastor, las montañas muestran su nieve eterna, el monte da sus sombras sobre él valle y las aguas besan los pies de la cabaña.
Evangelina no para de bordar haciendo los últimos puntos, sus colores son intensos tienen vida da toda esa sensación, la aguja toma algunos tramos de esa magia que tiene el valle, entrando en cada vuelta de sus puntadas, en cada gota de sangre de los pinchazos, que da vida a sus personajes, se termina de cruzar el último punto, hace el remate y cae la aguja al suelo. Se hace un gran silencio, la ventana se abre el gobelino se va colocando en su lugar, la brisa lo va acomodando hasta quedar justo, donde ella lo había marcado, se vuelve a cerrar la ventana y el calor de la estufa sigue dando vida al lugar.
Evangelina se fue metiendo en el gobelino con sus historias, el bordado y ella era una sola. Cuando la aguja cayó, ella queda atrapada como mosca en su propia tela de araña. Sus ojos azules miran con asombro todo lo que sucede a través del ventanal, ve a su Abuela y a Daven subir en su embarcación, el agua fría del Pacífico la mueve como cascaras de nuez, ella seguirá protegiendo su querido valle, cuidara su magia, sus colores, que seguirán brillando desde el gobelino, en esas noches de luna cuando el lobo llora a su mujer.

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