Es una tarde fría de diciembre. Evangelina está perdida en
ese gran armario de roble, buscando aquella tela para hacer él gobelino. El
gato juega con los ovillos de las lanas, que fue seleccionado para el mismo. En
aquel pequeño y acogedor rincón del living se encuentran los diseños, como lo
hizo el gran maestro Picasso con su Garnica.
-¡Por fin la encontré!,-dice Evangelina, secándose el sudor
de la frente a pesar del frío de ese invierno crudo de diciembre, mira la pared
al frente del ventanal debe medir unos
diez metros de frente por seis de alto, el gobelino podría medir…
- ¡Pelusa, deja esas lanas y ven aquí! – le dice Evangelina
con su dulce voz.
- si, creo que seis de largo por dos y medio de alto va
estar bien. Se verá el océano, el monte y las eternas montañas.
Desde la amplia playa veo aquella cabaña de dos plantas y en
ella la nobleza de su madera de ciento cincuenta años. Mi embarcación queda enclavada
en los arrecifes a pocos metros de la bahía. Un fino hilo de humo se dibuja en
el cielo, saliendo un esquisto olor a té, abriendo el apetito de este viejo vikingo.
Deseo conocer a esas personas y probar sus scones, luego preparar mi pipa y
sentarme frente a la chimenea, dibujándose una amplia sonrisa en esa cara
bonachona.
Atrás de la cabaña
se encuentra un monte de cipreses, pinos y eucaliptos, unos pasos más allá las
altas montañas que le hacen cosquillas en la panza de las nubes.
El lugar se encuentra en Canadá, es un valle de grandes
misterios, de animales sagrados por los indígenas, que dejaron estampadas en
las cuevas con colores brillantes, al Dios Cuervo enamorado de la jefa de la
tribu, más adelantes ve ballenas que cantan, lobos, cascadas secretas, tierras
de ensueños.
Sus playas son besadas por las aguas frías del Pacífico, el
lugar lleva el nombre del Valle perdido de Bella Coola que pertenece a las
Islas Británicas y su reino.
-¡Evangelina, Evangelina! ¿por dónde andas criatura?
-pregunta Catherine su abuela. Ella es alta, blanca como la nieve, ojos verdes
como el Pacífico, todavía conserva el oro en sus cabellos, se asemeja a una fábula
ancestral, con su música inmortal y torres de añoranzas como en los cuentos de
hadas.
-Abuela estoy en la salita frente a la estufa, viendo como
comienzo el gobelino, golpean con insistencia en la puerta, sacándolas de su
conversación.
- ya voy, - dice Catherine bajando las escaleras con gracia
y elegancia, abre y se encuentra con un hombre un poco mayor que ella, alto, su
piel dorada, su cabello rojo como lenguas de fuego, su cara está repleta de
pecas, sus ojos son celeste transparente.
- Buenas tardes bella dama, soy Daven, mi barco encalló y
necesito un lugar donde estar.
- Soy Catherine y tenemos aposentos, pase, justo es la hora
del té.
Ya en la salita Catherine le pregunta a Evangelina. - ¿Qué
pretende hacer en el gobelino?
-Plasmar la historia del valle y de nuestra familia. - dice
ella y sus ojos se iluminan.
El invierno pasa con sus tormentas, los cuentos
interminables de Daven, sus salidas con Catherine por la orilla de la playa
hasta que un día se los ve tomados de las manos. Por las noches se escuchan
movimientos en la salita, cantos de cuervos, el silbido agudo de las ballenas,
el aullido del lobo preguntándole aquella blanca y fría luna, porque se la llevó
dejando a su cachorro solo.
El gobelino va tomando vida, las historias ya están. En el
puente la dama se sienta con su sombrilla y a su lado, Él, fuma de su pipa, la
campesina da de comer a los animales de la chacra cercana, se ve el parque de
diversiones, los niños llevan sus globos, en aquel árbol frondoso descansa un
pastor, las montañas muestran su nieve eterna, el monte da sus sombras sobre él
valle y las aguas besan los pies de la cabaña.
Evangelina no para de bordar haciendo los últimos puntos,
sus colores son intensos tienen vida da toda esa sensación, la aguja toma
algunos tramos de esa magia que tiene el valle, entrando en cada vuelta de sus puntadas,
en cada gota de sangre de los pinchazos, que da vida a sus personajes, se termina
de cruzar el último punto, hace el remate y cae la aguja al suelo. Se hace un
gran silencio, la ventana se abre el gobelino se va colocando en su lugar, la
brisa lo va acomodando hasta quedar justo, donde ella lo había marcado, se
vuelve a cerrar la ventana y el calor de la estufa sigue dando vida al lugar.
Evangelina se fue metiendo en el gobelino con sus
historias, el bordado y ella era una sola. Cuando la aguja cayó, ella queda
atrapada como mosca en su propia tela de araña. Sus ojos azules miran con
asombro todo lo que sucede a través del ventanal, ve a su Abuela y a Daven
subir en su embarcación, el agua fría del Pacífico la mueve como cascaras de
nuez, ella seguirá protegiendo su querido valle, cuidara su magia, sus colores,
que seguirán brillando desde el gobelino, en esas noches de luna cuando el lobo
llora a su mujer.
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